En el marco de nuestra sociedad ultra individualista, que premia ideas de éxito personal basado en una meritocracia que ciertamente no existe, la preocupación por temas como nuestra salud mental y emocional toman relevancia en tanto cada ámbito de la vida se reduce a lo que me he dedicado en llamar ‘cultura de la precarización’, la cual se glamouriza a través de mensajes masificados en redes sociales, donde se nos vende la idea de que, la falta de oportunidades y el empobrecimiento son síntomas que denotan falta de amor propio y determinación personal, exonerando así al sistema de sus múltiples fallos, manteniendo a millones de personas desposeídas hasta de sus propias vidas al ser consideradas solo como partes de un engranaje más grande y voraz que se dedica a la producción infinita para el consumo desorbitado, sobre la base de recursos y vidas que son finitos y limitados.

La carrera del capital es una carrera que se transita en condiciones de desigualdad. Condiciones previamente establecidas por el sistema en sí mismo para favorecer la acumulación excesiva de unos cuantos a costa de la vida de muchos. En ese sentido, la adquisición de riqueza absurda es un ideal de éxito que se promueve erróneamente desde las élites para justificar su poder, y que nos fuerza a creer en el mérito tras la cuota adecuada de esfuerzo, lo cual, en el terreno de lo práctico es francamente irreal.

Esto es problemático toda vez que no plantea un cuestionamiento serio y de fondo, que reverse el status quo en el que medimos el propósito de nuestra entera existencia a través de una productividad excesiva que termina poniendo el fruto de nuestro trabajo en manos ajenas a las nuestras.

Sin embargo quisiera hacer algunos matices… Hace algún tiempo veía en una película donde un actor negro (realmente, no recuerdo exactamente quién era) tenía el papel de una super estrella del deporte que había logrado “superarse en la vida”, consiguiendo vivir en una super casa de lujo en un barrio de gente multimillonaria. El personaje en cuestión tenía una conversación con otro personaje racializado donde llegaron al punto de preguntarse quién era el vecino, al lo cual el deportista le respondió a su interlocutor que la persona que vivía al lado era un simple dentista. La respuesta que le dio su compañero a continuación me dejó pensando hasta el día de hoy mientras escribo estas líneas: “Si yo fuera el dentista, tendría que haberme inventado los dientes para poder mantener una mansión como esa…”

La idea de tener que esforzarnos el doble, el triple, y hasta más que eso, nos ha marcado a las personas racializadas especialmente, porque nos toca lidiar con la herencia histórica que nos legó el colonialismo, en el cual, nuestros cuerpos vaciados de toda individualidad y humanidad, fueron saqueados también de toda noción de capacidad por parte de quienes ejercían las múltiples opresiones derivadas de la blanquitud. En ese sentido, todo esfuerzo realizado debe ser validado por el sistema, con lo cual, cada acto de la existencia misma, cada logro alcanzado y cada meta propuesta debe incluir un esfuerzo adicional que supone la adquisición de una noción de humanidad que nos ha sido negada, y por la cual, también debemos luchar, lo cual hace la experiencia vital más agotadora.

Por otro lado, el esfuerzo sobrehumano para lograr cierto nivel de bienestar económico es aplastante en la medida en que nos cuesta gran parte de nuestra salud mental y emocional. Que cada ámbito de la vida se vea relegado a la idea de tener que trabajar más de la cuenta para solventar las necesidades básicas de alimentación, salud, educación y vivienda es un absurdo que profundiza las desigualdades de raza, clase y género; perpetuando el asunto del privilegio ostentado desde unos cuantos cuerpos, que bien estandarizados, imponen sus lógicas de desigualdad por sobre quienes están al margen del mismo.

Esto es: la justificación de una idea de éxito individual es egocéntrica porque promueve un lugar de contemplación del yo que pasa por encima de la condición humana de otrxs, lxs cuales, dicho sea de paso, pasan a hacer parte del engranaje, por lo que pueden ser fácilmente removidos, reemplazados e intercambiados en el marco del sistema sin tener en consideración sus necesidades y aspiraciones colectivas.

Hemos llegado a un punto de inflexión, donde lo mencionado anteriormente se sustenta en aparatos económicos que le dan mayor preponderancia a la explotación de cada recurso utilizable como combustible que mantenga la maquinaria en pie, para lo cual se crean marcos laborales que, en la flexibilización de sus sistemas jurídicos y éticos de referencia, han encontrado una oportunidad única para la mutilación de los derechos laborales (y hasta humanos) de quienes suscriben contratos, colocando en el empleado final toda la carga asociada a tener un empleo, esto es: tener que pagar por poder trabajar, reduciendo nuestras horas de ocio y tratamiento espiritual tras el afán de contar con los trabajos suficientes que nos permitan llegar a fin de mes.

La cuestión se complejiza, si, como mencionamos anteriormente, tu experiencia individual se encuentra atravesada por asuntos de raza y género, lo cual se convierte en una especie de justificante para el establecimiento de techos de cristal difícilmente alcanzables y escasamente superables, bajo los cuales, se encuentran millones de personas empobrecidas, cuyas condiciones concretas y materiales de vida se encuentran atravesadas por un componente multidimensional que les condiciona a no obtener niveles de bienestar social que les permitan habitar conscientemente sus vidas (y eso que no he querido hablar sobre la felicidad).

Porque, es que siento que afirmar que la pobreza es solo una actitud mental como te venden los gurús del emprendedurismo y los famosos influencers de redes sociales, es de una miopía tenaz. No basta con solo “echarle ganas” o “querer y esforzarse”.  Es un hecho tangible que la pobreza es material y nos jode la vida de muchas formas. Es decir, por más activo que uno esté en el día, tener que solucionar muchas cosas a diario es cansado, deshumanizante y paralizante en muchos casos.

Del mismo modo, haber romantizado el cansancio producido por el exceso laboral en el marco de una economía de precarización de la vida, eleva la constante carga de estrés cotidiano y nos somete al no descanso en la búsqueda de concretar una vida de opulencia y lujo que dista de ser ideal, apartándonos de otros y diversos modos de realización personal, en los que nuestro nivel de éxito poco o nada tienen que ver con la imagen de riqueza sobrerrepresentada en la publicidad y los medios de comunicación, la cual, dicho sea de paso, se corresponde con unos lineamientos muy occidentales apegados a aquellas nociones de civilidad y desarrollo que, claramente, no son necesariamente equiparables en otros contextos y culturas.

En ese sentido, nos hemos restringido el descanso y el disfrute de nuestra experiencia humana, privándonos del placer de regocijarnos en la adquisición de un hobbie o pasatiempo, sin que esto caiga en la engañosa necesidad de ser extraordinarios en ello. Así mismo, nos hemos negado el derecho que, por antonomasia, tenemos al haber nacido humanos: el derecho a la mediocridad, a ser del montón, y el derecho a hacer las cosas de manera promedio, sin necesidad de tener que brillar o ser sobresalientes en algo. Y si bien esto no es una oda a la chapucería, de lo que sí se trata es de entender que nuestros procesos, aunque son personales e intransferibles, deben ser asumidos de manera consciente, poniéndolos en la correcta perspectiva sobre la estructuralidad del sistema en el que nos encontramos inmersos.

En ese orden de ideas, el descanso apropiado tiene que ver con todas las cosas que he mencionado anteriormente, ya que, en el contexto atravesado por la precariedad de la vida en aras de la productividad, resulta problemático para el capital que el descanso se haga de manera consciente y con pleno disfrute del mismo.

Reivindico entonces en este escrito, el derecho a la flojera y a disfrutar de ello. Reivindico también tener una vida exitosa en términos propios, midiendo con nuestros propios parámetros lo que el éxito significa para cada unx de nosotrxs. Reivindico el bienestar social y emocional que debe garantizarse desde el estado al respaldar las garantías mínimas de los derechos humanos para atenuar las diferencias surgidas de la desigualdad. Y reivindico la idea del descanso apropiado; sin culpa ni ansiedad.  Porque es que la precariedad solo trae más precariedad. Porque es que producir sin parar es insostenible tanto para nosotros como para el planeta. Porque no podemos dar infinitamente con nuestros recursos, vida y energía limitados.

Y ya, fin. Por su atención prestada, muchas gracias. Traten de seguir con sus vidas…