A veces, cuando me pongo a mirar lejos (como coloquialmente decimos en la costa Caribe colombiana, de donde soy), y dejo que el ritmo de mis pensamientos sea libre, me descubro pensando sobre la muerte, sobre mi propia muerte.
Más bien, sobre lo que la muerte implica en sí misma. Y me invade una melancolía miedosa. No tanto el hecho de sufrirla, porque la muerte, en términos biológicos solo sucede una vez. Lo que me duele es el estado de inexistencia posterior a ella…
Luego de que las cenizas de lo que alguna vez fuera mi narciso cuerpo regresen al polvo cósmico del que salió, y mi espíritu se desvanezca de los recuerdos de las personas que en vida me conocieron porque éstas también, eventual e inevitablemente morirán; lo que quedará será ese vacío infinito de no existir en el que estábamos antes de nacer.
Inconciencia pura de la no existencia, del no ser; destino certero de todxs nosotrxs, ineludible fin con el que somos marcados desde que nuestros pulmones se llenan de aire la primera vez que salimos del vientre materno y, con toda nuestra fuerza primigenia; lanzamos un grito de humanidad que nos confirma la vida en ese momento y que encuentra un asidero cálido y seguro en el primer abrazo de la mujer que nos parió tras sufrimientos y dolores.
Cuando pienso en la inexistencia que reposa en la muerte, infinitamente más larga que este pedacito de luz que llamamos vida, necesariamente pienso en todas las cosas que sucederán y de las que no me enteraré. Pienso en todos los amaneceres y atardeceres de los que me perderé un cielo violeta y anaranjado saliendo por el este y escondiéndose por el oeste.
Me angustia un poco darme cuenta de la cantidad de primeras gotas de lluvia cayendo en un suelo agrietado y árido por el calor que con su delicioso aroma; dejaré de percibir.
Reflexiono sobre todos esos despertares con olor a café recién hecho que no experimentaré más. Cavilo sobre el extraño pero reconfortante mareo que me calienta el cuerpo después de un par de copas de vino que me privaré de saborear.
No dejo de imaginarme que habré de renunciar a mirar el reflejo de la luz en los ojos café claro de mi esposo cuando despierta cada día y que tanto adoro.
En la cantidad de felicidad que no sentiré más al probar comida nueva, rara y exótica en otras partes a las que antes no había ido.
Me entristece la idea de no mojar más mis pies en la playa y respirar el aire salado del océano que se arrastra con la brisa al medio día.
Me acongoja el hecho de no poder emocionarme hasta las lágrimas con la lectura de un libro, escuchando mi canción favorita; o viendo una película y llorar a moco tendido como una chiquilla a la que le ha dolido la costra que se ha hecho después de una estrepitosa caída aprendiendo a montar en bicicleta.
Creo que lo que más me produce dolor en este asunto es dejar de ser consciente de mí misma y de poder sentirme. De estar todo un día sentada sin hacer otra cosa más que respirar y observar mis propios pensamientos y emociones, aun cuando éstos me lleven irremediablemente a dedicarle preciados minutos de mi existencia a la contemplación impávida de la muerte que algún día me acaecerá.
Sin embargo, no es ésta es una diatriba contra la muerte. No es mi intención ser pesimista al respecto. Es éste un llamado de atención para mí misma. Para todxs nosotrxs. Porque la vida es todo lo que he mencionado hasta aquí y que nos perdemos una vez hemos dejado de respirar y nuestra fuerza vital abandone la carne y los huesos de nuestrxs cuerpos.
Que la ilusión transitoria de la riqueza obscena, tantas veces prometida y casi nunca alcanzada; no nos nuble el juicio. Que la idea de un éxito excepcional por fuera de nuestros medios para conseguirlo, no nos arrebate la razón. Que el sistema no nos termine de convencer que nuestras vidas mediocres no valen la pena ser gozadas en la plenitud de las vainas más simples que la experiencia cotidiana nos puede ofrecer.
Porque nos concentramos persiguiendo los sueños que nos pintan los influencers de redes sociales que postean fotos alrededor del mundo diciendo que las metas sí se consiguen, pero que no dan pistas sobre cómo hacerlo para mantener la exclusividad sobre el privilegio que alcanzan pisoteando a lxs demás.
Porque nos imaginamos lo que haríamos con la fortuna de un multimillonario a quien no le alcanzarían tres o más vidas para gastarse el último centavo amasado tras la codicia que arruina a millones de personas en otras partes del mundo, cuyas existencias terminan siendo engranajes vacíos y fácilmente reemplazables que mantienen la maquinaria en movimiento.
“Querer ser alguien más, es un desperdicio de la persona que ya eres” decía el cantante que perdió la razón tras el diluvio de una fama apresurada que lo orilló a meterse un escopetazo por la boca tras solo 27 años de tortuoso trasegar por esta tierra. Eso de la fama, no es una promesa que pueda ser cumplida para todo el mundo, ciertamente…
Y así, tras cientos de años engranando el mecanismo, ahora más que nunca se tienen sus más nefastas consecuencias en quienes no tienen la responsabilidad directa sobre el desastre del mundo en el que vivimos, pero que son los que más las sufren…
La vida no puede ser una aspiración ajena. La vida es nuestra y se encuentra en las pequeñas grandes cosas que, en el marco de este sistema ultra individualista e hipercapitalista; se dan por sentadas o, peor aún, hasta se desprecian.
Cuando vino la pandemia y nos tocó lidiar con un enemigo diminuto, casi invisible, que vaciaba el preciado oxigeno de nuestros pulmones y se llevaba nuestra existencia en la lenta agonía de no poder respirar; creí que algo se movería en nosotrxs. Creí que era posible pensar en la revolución de esas cositas cotidianas que, al parecer, no tienen sentido, pero que son la esencia misma que alimenta el motor de una maquinaria cósmica que nos permite estar aquí.
Alguna vez el esposo me dijo que estamos aquí para que el universo pueda admirarse y ser consciente de sí mismo. De la maravillosa y aterradora belleza del vacío interminable del espacio exterior repleto de galaxias y estrellas que desafían los bordes de nuestra limitada imaginación. Y no podría estar más de acuerdo. Y sí, es un pensamiento demasiado complejo, pero, si lo ponemos en la perspectiva adecuada, ¿Qué somos nosotrxs comparadxs con tanta increíble vastedad que sigue expandiéndose sobre una nada que no nos cabe en la cabeza? La respuesta, queridxs míxs sigue siendo, nada.
Nuestros cuerpos también están vacíos, somos la expresión del universo replicándose a sí mismo en sistemas cada vez más pequeños, aunque complejos; que hacen parte del todo y del milagro que conocemos como la infinita cantidad de causalidades (ojo, no casualidades sino causalidades) que propiciaron la existencia de la vida.
Apreciemos eso. Y la muerte en su necesario trámite por nosotrxs será un camino menos doloroso de transitar …o al menos, si nuestras ocupadas agendas de una vida precarizada por el sistema, nos deja la oportunidad de pensar en algún momento, en algo más allá de las facturas que deben pagarse al final del mes…