Llevo algunas semanas pensando en el poder de la libertad y de escoger nuestras propias vidas en plena consciencia sobre nuestras decisiones. Y he llegado a la conclusión de que ambas cosas pueden ser mutuamente excluyentes en el marco del sistema.

Tener la oportunidad de ser libres y decidir qué hacer con base en esta libertad es, cuando menos, un privilegio (y ya la palabra me causa cierta tirria porque las implicaciones que tienen se han ido desdibujando con su uso masivo y, algunas veces, desproporcionado).

A mí, desde que recuerde, no me gusta trabajar y mucho menos, pasar trabajo mientras trabajo. Al menos, no en la forma en la que tal cuestión está concebida. La única vez en que me gustó algún empleo, el pago era tan poquito que no valía el alto grado de inversión emocional, física y de tiempo que le ponía. Así que renuncié.

Renunciar no está mal y siento que es necesario entender que es un asunto que debe hacerse siempre y cuando las condiciones nos lo permitan. Creo que hemos romantizado la perseverancia de manera siniestra.

Desde entonces, mis trabajos (formalmente hablando), son cada vez más cortos porque termino desesperada y angustiada; tan terriblemente cansada como para terminar dormida de pie en el transporte público después de llorar silenciosamente en el camino de regreso a casa.

Los días se  vuelven eternos y sin otra motivación mayor al ansiado día de paga, cuya recompensa es fugaz y se va en pagar deudas y tener los pasajes nos permitan seguir llegando a tiempo a laborar.

En mis largos recorridos de buses atestados de gente desconocida con rostros en los cuales veía impresos el desgaste del cansancio crónico que resulta siendo la adultez; me encontraba a mí misma cavilando en las palabras de Marx y le daba la razón cuando el hombre decía que para el proletario, lo único en su posesión era su fuerza de trabajo.

Pero, yo iría más allá. Yo no diría que es la fuerza de trabajo solamente, sino la propia energía vital que se intercambia por dinero, cuyo valor real se intercambia a su vez, por los bienes y servicios que consumimos para poder sobrevivir. Y así, el ciclo se repite en un sin sentido atroz por el resto de nuestras vidas.

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Hace unos meses, he tenido la oportunidad de sentarme a descansar. Desde que abrí los ojos a este mundo he estado en un corre corre que acaba de terminar hasta hace muy poco, cuando nos cambiamos de casa y de ciudad. Tengo el cansancio acumulado de mi corto, pero ajetreado trasegar, depositado en cada una de las células de mi cuerpo y, hay días en los que me cuesta despertarme y mantenerme activa.

Llevo meses enteros sin salir de casa a trabajar y, a consecuencia de esto, no me gano un solo peso. No obstante, nunca he sido más productiva ni me he sentido más tranquila o feliz en toda mi existencia.

Por estos días me dedico a las labores del cuidado de mi hogar mientras estudio una maestría y trato de sacar adelante algunos de mis emprendimientos, que, dicho sea de paso, me ha tocado pausar. La vida no me da para tanto, y entender esto ha sido algo un poco doloroso, pero sigo trabajando en el sentimiento de merecer las cosas buenas que me están pasando.

Sobre el cuidado puedo decir que es una de esas formas de construcción colectiva del amor. Yo creo que nos han vendido la idea ultra-individualista de que es necesario ser dueñxs de nuestro destino comprando vainas y más vainas, viajando por el mundo y siendo good-looking frente a lxs demás, cuando, realmente, yo encuentro que el éxito es sobre vainas más sencillas.

El esposo me recuerda todo el tiempo que él me debe mucho por todo lo que hago al cuidarle mientras él puede dedicarse a ser productivo en los términos que el capitalismo sugiere. Y sobre ello, hemos llegado a acuerdos que nos permiten avanzar en la medida de las posibilidades, mientras nos construimos el unx al otrx, juntxs.

Yo soy una mujer negra y el cuidado es algo que nos ha sido negado de manera histórica. El cuidado propio y dispensar cuidado(s) a quienes amamos. Y, creo que es importante que se reconozca que es posible dedicarnos a cuidar de nosotras mismas y de nuestros seres queridxs como una decisión consciente y que puede llevarse a cabo desde el disfrute.

A mí no me interesa ser una girlboss “empoderada” y dueña de su destino si no tengo el tiempo de disfrutar el cuidado y el amor que doy y el que me dispensan quienes me aman, porque entonces debo cumplir en mil trabajos para poder apañármelas hasta fin de mes, creo que esa es una idea errónea sobre el empoderamiento.

Por estos días, también me encargo del sentimiento de merecer el acuerpamiento que me ha sido dado, dándome el lujo de ser vulnerable y sentarme a descansar, permitiéndome despojarme de la fortaleza que me ha sido exigida desde siempre para entrar en el placer de habitar el apapacho de quienes se encargan de solventar algunos de los ámbitos de mi existencia en estos momentos.

De mi historia con mi madre entendí que está bien cuidar de quienes amas. Ella siempre estuvo cuidando a alguien más e intercambiaba ese cuidado por dinero. Y en ese intercambio, nunca hubo tiempo para encontrarnos ella y yo y disfrutarnos plenamente la una a la otra.

No es una crítica y jamás será un reproche, porque entiendo que ella hacía lo que podía y eso, en definitiva, era lo mejor que podía hacerse dadas sus circunstancias estando ella sola. Pero, si algo tengo claro es que no quiero repetir lo que a ella le pasó, no quiero dedicarme únicamente a trabajar como mula por el espejismo del dinero, porque no es lo que me va a dar validez.

Por ahora, ocuparme a las labores del cuidado mientras me dedico a estudiar por el mero placer de aprender, es mi idea de la girlboss empoderada que puedo llegar a ser y me disfruto el hecho de ir sorteando los afanes de cada día en la forma en que se van presentando. Hay muchas cosas que he ido logrando y que, aun cuando puedan parecer básicas, son vainas que antes no tenía seguras y que agradezco inmensamente hoy en día contar con ellas.

Creo que es necesario desmontar la idea de que es necesario el triple del esfuerzo para lograr ser sobresaliente en algo. Encuentro que la propia existencia es válida toda vez que nos da un lugar que merecemos habitar en el mundo en el goce que estar vivxs supone. Así sin más: sin tanto pericueto y sin tanta pose. Sin tanto filtro ni storytimes de absolutamente nada. Con el valor que debe dársele a las cosas que vamos logrando en la medida de nuestras circunstancias.

Ya luego hablaremos de cómo hacer que estas circunstancias sean menos difíciles y dolorosas para algunas personas a las que la violencia del sistema excluye de manera problemática.

Les quiere,

Teresa