Ya llevaba algunas semanas desayunando lo mismo. Hacía patacones con los plátanos que le habían traído del pueblo y los acompañaba de una taza de café negro sin azúcar. En una esquina de la cocina; el saco enorme de plátanos pequeñitos, de esos que les dicen mafufos, parecía no madurarse nunca o  tener fin.

Pero ese día era especial, diferente. De sus 5 mil pesos diarios que distribuía entre darle dos mil pesos a su hija para la merienda del colegio y guardar el resto para poder pagar los servicios a fin de mes, esa afortunada mañana, le habrían sobrado unos 300 pesos que invirtió en un huevo para agregarle proteína a su desayuno.

La mujer estaba seriamente feliz. Hay personas que creen que la felicidad está en el "éxito" personal, en la riqueza y la opulencia; en el lujo. Pero no es tan así. Cuando estás en una situación tan precaria, sobreviviendo a la rutina insospechada del desempleo; 300 pesos sobrantes para un huevo lo son todo...

Ya el café negro, sin leche y sin azúcar, estaba listo. Los plátanos pelados y fritos en patacones también. El huevo era, a todas luces, la cereza del pastel, el toque final y definitivo que le daría a ese día la sensación de que había esperanza, de que no todo estaba perdido, y que la oportunidad de un trabajo digno, a todas luces tan esquivo los últimos e incontables meses; eventualmente llegaría.

La mujer puso su pequeña sartén deslucida sobre la estufa vieja que otrora le regalara quien fue su marido (pues así se le dice cuando una nunca se casa) y por la alegría del momento, no se fijó en el maldito hueco a un lado del quemador que se abría por debajo de la bandeja re-movible de la estufa. Ya la gotita de aceite hirviendo, ya la mujer presta a fritar su huevo.

Fue tanta la emoción, que no midió la fuerza con la que golpeó la cáscara del huevo en la esquina de la estufa. En cuestión de segundos, su adorada presa se escapó fugazmente en aquel agujero, ante la mirada sorprendida y atónita de la mujer que nunca jamás pronosticó aquella desgracia.

Una pequeña lágrima se asomó a sus ojos, mientras recogía los trozos de su alma de debajo de la estufa, imaginándose de nuevo la tragedia de desayunarse con lo mismo que venía comiendo todos los días, desde hacía muchos días...