No son y jamás serán buenos días, ni buenas tardes, ni buenas noches; en un país donde las noticias no dejan de ser masacres, asesinatos, violaciones, injusticias…
El martes 11 de agosto, Juan Manuel Montaño, Leyder Cárdenas, Jean Paul Perlaza, Jair Andrés Cortés y Álvaro José Caicedo, todos pelaítos, todos jovencitos, todos negros, todos pobres, casi todos desplazados, fueron encontrados cruelmente asesinados, degollados, y con tiros de gracia, en el cañaduzal donde fueron a volar cometa, a jugar, a comer caña y a ser niños.
Unos días antes, dos jovencitos de 12 y 17 años, fueron masacrados cuando llevaban la tarea al colegio. Ese colegio que queda lejos, al que toca ir caminando solos por veredas llenas de ladrones de vidas y sueños.
Hace unas semanas, una niña embera chamí fue brutalmente violada por varios soldados del ejército, pero se les inculpó de “acto sexual abusivo”, insinuando que la pequeña, de apenas 12 años, habría consentido la barbaridad que se cometió contra su pequeño cuerpo.
En Sincelejo, a Luis, de solo 17 años, otro vecino (de la misma edad), le cortó el brazo por su identidad diversa de género, truncando su vida y sus sueños por causa de la intolerancia y la violencia.
¿Qué tienen todos estos casos en común? Todos eran niños, todos tenían condiciones de vulnerabilidad: niños y niñas racializados, pobres, marginados, viviendo en lugares de difícil acceso y con poco acompañaiento estatal. Revictimizados una y otra vez en una espiral de desigualdad y pobreza auspiciada por el poco interés de cada uno de los des-gobiernos que hemos tenido, donde la gente de las periferias muere literalmente de pobreza y de hambre, mientras los pocos recursos que no se roban en este país, no salen del centro hacia las demás provincias.
En Colombia, mucho de lo que se ha establecido como cosa natural, raya en la desconsideración y el abuso descarado de una clase política embustera, rastrera, que con su corrupción se roba de a billones, la vida, la salud, la educación, el porvenir, el futuro y los sueños de las mayorías.
Sin embargo, y en un acto de imitación (hasta no sé qué grado inconsciente), repetimos la espiral de violencia con cada comentario que legitima y reproduce la naturaleza violenta de nuestro país en poco más de 200 años que tenemos de vida como nación.
Desde que aquel personaje siniestro dijera que “si los mataron, no era porque estuvieran recogiendo café…”, el discurso de odio contra quien es asesinado, se reproduce sin parar. Cientos de compatriotas (si es que se les puede llamar así), detrás de la comodidad de sus pantallas, lanzan sus prejuicios llenos de veneno y sin vacilación en contra de quienes mueren víctimas de la violencia sistemática del país, que se lleva en su haber a todo aquel que defienda la vida y el territorio. Que se lleva a todo aquel que piense en voz alta de manera diferente. Que se lleva a todos aquellos niños y jóvenes que quedan en el fuego cruzado de las balas que no reconocen a nadie. Que se lleva a cualquiera que ose sacar su celular en la calle o movilizarse en una bicicleta…
En un país como Colombia, la violencia la hemos naturalizado a tal punto, que siempre le negamos el beneficio de la duda al que es asesinado en crueles circunstancias. Sobre los niños de Cali, y solo por poner un ejemplo; el caso fue tan abrumador, que a las sospechas se les sumaron todo tipo de señalamientos violentos basados en la condición racial de los chicos. Que por ser negros, necesariamente eran bandidos, ratas que merecían la muerte de la forma en que la encontraron, y que de paso, si era posible, el estado (a través de la policía) debía exterminarles y no permitirles “reproducirse” lanzándoles “gases lacrimógenos esterilizantes” (como si tal cosa existiera)…
Ya el discurso de “podría ser tu hermana o tu hermano, o tu hija o tu hijo, o tu mamá o tu papá, o cualquier familiar” no sirve. Este sencillo conjuro de empatía, tratando de colocarte en la situación que vive el otro no surte efecto, puesto que lo que prima es una actitud arrogante, llena de desprecio por la vida de aquel a quien consideramos inferior por las diferencias que puedan tener con nosotros.
En Colombia, mientras el rojo de la bandera se agranda a costa de la sangre de nuestros líderes sociales, indígenas, campesinos y niños; el azul de los ríos se pierde a costa de la minería legal e ilegal, que mancilla y envenena nuestras fuentes de agua. Y del amarillo ni hablemos, porque riqueza y prosperidad siempre para unos cuantos, los mismos de siempre; y miseria para todos y para muchos.
Juan Manuel, Leyder, Jean Paul, Jair Andrés y Álvaro José eran más que sus simples nombres y el número que pasa a engrosar la ya interminable lista de muertos que acrecenta las horridas cifras de Medicina Legal y la Fiscalía. Ellos eran el vivo retrato de que en este país las vidas de algunos valen mucho menos que las demás. Ellos eran los sueños de vivir que se apagaron cuando alguien les cortó la garganta. Ellos eran el retrato de nuestro fallido intento de nación, que desprecia la vida, que no entiende la paz y que se da a los brazos de la tragedia sin mayor preocupación que la de ver cual influencer o famoso de moda, sale con cualquier pendejada que distrae la atención sobre los temas realmente relevantes.
Mientras en nuestra mentalidad sigamos encontrando justificante para la barbarie, nunca dimensionaremos el dolor y la muerte en este país. Mientras sigamos alegrándonos de la muerte y la desgracia de los demás, seguiremos siendo un fracaso como nación, y no se asomarán más que horribles nubarrones en el horizonte de nuestro futuro.
Esta mañana recién habíamos enterrado a los 5 niños de Cali, preguntándonos quién y por qué los mataron; cuando nos levantamos con la noticia de que unos 9 jóvenes más, universitarios entre los 19 y los 27 años, fueron masacrados por desconocidos en Samaniego, departamento de Nariño.
El desconcierto me acompaña mientras escribo estas líneas, a la vez que en mi mente no deja de rondar una sola idea: ¿Será que nos piensan matar a todos? ¿Cuándo perderemos esta maldita mala costumbre…?