Esta mañana me desperté con la desafortunada noticia de un fallo del Tribunal Administrativo de Bolívar en el que declaraban nulidad sobre la titulación colectiva que ostentaba Consejo Comunitario del Corregimiento de La Boquilla, en la zona norte de Cartagena de Indias, sitio por lo demás, de un claro interés expansionista de las lógicas turísticas segregacionistas de la ciudad, que desplaza al negro y su comunidad cada vez más hacia el continente, reservando el atractivo arquitectónico y la belleza natural  de los paisajes únicamente a la voraz expansión de sus proyectos económicos egoístas y sin consideración.

El de La Boquilla es un caso al parecer sin precedentes, y a mi modo de ver, un ejercicio claro de dominancia y poder arrollador, que desconoce los procesos, tejido social, costumbres ancestrales, lucha por mantener en equilibrio el territorio, y demás dinámicas sociales y culturales de una comunidad que está asentada en esa zona desde hace varias centurias.

Declarar nula la titulación colectiva de este corregimiento también es un acto abusivo que pone en riesgo otros procesos de dignificación y protección del medio ambiente, la vida  y el territorio en otras comunidades racializadas con condiciones similares y que están en búsqueda del reconocimiento de sus comunidades sobre la pertenencia de la tierra, tanto en la zona norte de Cartagena, como en otras comunidades en riesgo de despojo en el país.

Es que, el asunto es más complejo que simplemente declarar nula una titulación colectiva. Es que el terreno pasa a ser baldío del estado, propenso a la violencia y a la barbarie del desplazamiento forzado en nombre de un desarrollo expansionista y turístico que desdibuja y quiebra todo el tejido social de una comunidad históricamente atropellada en sus derechos. Y más ahora, con una creciente ola de masacres y asesinatos que enlutan al país, devolviéndolo a sus días más terribles de violencia escalada.

Se constituye también en un claro ejemplo de la estructuralidad del racismo, que no permite el acervo cultural y social popular en zonas del interés performativo del turismo, donde los personajes y las actividades que se permiten en el espacio público, son los de una ciudad paradisíaca que esconde sus porquerías debajo de la mesa. Como quien se pone una venda y pretende ignorar las altas tasas de desigualdad y miseria de quienes viven del pie de la popa pa’ allá, y que no tienen derecho a ser beneficiarios de los réditos por la explotación a la que unos pocos someten a la ciudad entera.

Trato de mantenerme en calma mientras escribo esto y empiezo a asociar este hecho con muchos otros de nuestra trágica realidad nacional, y aunque parezca que estoy hilando muy fino, me da la impresión de que el caso de La Boquilla en Cartagena, está asociado de algunas formas con la masacre de 5 jovencitos en Cali, y también con el caso del camión de gasolina explotado en Tasajera.

La sensación que me permite reunir en un solo escenario tales sucesos tan aparentemente disimiles, es la de una mujer que se entiende negra y en resistencia, en un país increíblemente racista y violento; que obedece a una estructuras de poder sesgadas por las violencias ejercidas desde las élites a través de la corrupción, que impone sus intereses egoístas e individualistas, sobre la preciada vida de cientos de miles, quienes siguen sin entender su rol en la sociedad por su falta de educación, y que acrecientan el problema cuando creen que lograron el negocio de sus vidas vendiendo el voto a 10 mil pesos, una hayaca y una lámina de zinc en época de elecciones. Trazas todas de un sistema macabro diseñado de esta forma para mantener a los mismos en el poder a costa de la ignorancia de las masas.

La cuestión de fondo es la siguiente: hay diferentes categorías que se atraviesan sobre cierto tipo de personas y comunidades, haciéndolas más propensas a sufrir la violencia, la muerte y el despojo. Ser negro, raizal, indígena, campesino, palenquero o afrodescendiente es de una complejidad sin límites en un país donde la disputa por la tierra desplaza a los menos favorecidos y condena a una vida de miseria a los habitantes de las periferias azotadas por el abandono de un estado indiferente.

Estas condiciones de poder están claramente dirigidas por un principio ideológico que privilegia el centro sobre las periferias, haciendo una repartición desigual de los recursos, provocando y perpetuando la inequidad y la injusticia, y desdibujando (a veces a punta de bala y sangre) los procesos nacidos de las mismas comunidades, que tratan de generar dignidad, prosperidad y avance en términos de sostenibilidad y valoración de sus tradiciones ancestrales y culturales.

Cuando un tejido social se rompe (en este caso luego del desplazamiento y la gentrificación que la desprotección del estado significa), la comunidad pierde sentido de arraigo, se desarticulan los procesos culturales, económicos y sociales que afianzaban la sensación de unidad y en consecuencia se desencadena la violencia.

Casos como el de Tasajera son ejemplo de ello. Solo por ilustrar el ejemplo: la construcción de un paso vehicular obstaculizó la conexión entre la Ciénaga Grande de Santa Marta y el Mar Caribe, restándole oxigenación  al agua y extinguiendo los peces de los cuales los habitantes de la región sustentaban su actividad económica principal: la pesca artesanal, condenando a sus habitantes a una especie de miseria eterna, reforzada en el abandono estatal y la corrupción que se les llevó el agua y la vida con los bonos de cierto ministro descarado…

Toda esta situación me hace preguntarme: ¿En qué términos se dan los procesos de “desarrollo” en Colombia? ¿Cuáles son los criterios de análisis para generar “progreso” en las regiones y comunidades? ¿Será que se toma en cuenta a las comunidades que las atraviesan cuando se toman este tipo de decisiones?

Y es que así como el caso de Tasajera, en Llano Verde en Cali, donde masacraron a Juan Manuel, Leyder, Jean Paul, Jair Andrés y Álvaro José, las condiciones están servidas para la tragedia: un asentamiento de gente negra, desplazada, violentada y viviendo en pobreza en esta parte Distrito de Aguablanca, uno de los más peligrosos de la capital del Valle del Cauca. Todo lo anterior, caldo de cultivo para que la muerte se sobreponga a la vida. Y más que eso, a una vida en dignidad y oportunidades reales de ascenso social y mejoramiento en la calidad de vida.

Siendo todo esto así, es más que  preocupante el panorama de La Boquilla en la medida en que puede ser la réplica de varias tragedias, no tanto anunciadas, sino más bien repetidas en un ciclo que parece no tener fin.

Mientras el interés de unos pocos sobre la vida, honra y bien de muchos sea desplazarles a cualquier costo por la tenencia de la tierra y el privilegio de explotarla, nuestras gentes racializadas, empobrecidas, y saqueadas, seguirán viviendo en casuchitas de cartón a la orilla de una carretera esperando la oportunidad de sus vidas en las arcas de un camión volcado a la orilla del camino. Y la pregunta que seguirá siempre latente es: y la dignidad, ¿Acaso no la merecemos? Y la dignidad;  ¿Pa’ cuando…?

"El día que la mierda tenga algún valor, los pobres nacerán sin culo."
Gabriel García Márquez (1927-2914)