A Javier se le ve en el video pidiendo, suplicando, que por favor “no más”. Dos policías lo tenían reducido en el suelo, y sin ningún tipo de consideración, le descargaron, en choques de casi 40 segundos (según información preliminar) un arma taser en más de 17 ocasiones. Luego, según la versión de un amigo, el único testigo de lo sucedido, a Javier se lo llevaron al CAI, y entre varios policías siguieron  golpeándole hasta dejarlo inconsciente. Javier, al parecer llegó sin signos vitales al centro asistencial al que fue trasladado. Según el reporte de Medicina Legal, murió por varios golpes que recibió con objetos contundentes en varias partes del cuerpo, en especial en cabeza y órganos vitales. Una verdadera golpiza luego de lo que podríamos considerar tortura con la pistola de choques eléctricos. ¿Qué hay de malo en este relato? Pues, como en el caso de Harold (el chico baleado por la espalda en Cartagena), todo está mal.

De la muerte de Javier, evidenciada en parte a través de un vídeo difundido en redes sociales, escuchamos sus súplicas de “Por favor, no más…” tantas veces, que es inaudito y hasta incomprensible tratar de entender que hay en el corazón de un ser humano, que, envestido en la autoridad que le da un uniforme y un arma de dotación (en el marco de la legalidad y la institucionalidad, cabe decir…) decide seguir atacando a un civil desarmado, esposado e indefenso bajo el poder de la autoridad que supuestamente existe para velar por su bienestar.

Es esta situación la que me hace preguntarme, ¿Qué tipo de policía es la que tenemos en Colombia, cuando este tipo de situaciones se repiten cada vez con más frecuencia? Porque no gente, no son casos aislados como nos quieren vender, ni unas cuantas manzanas podridas como titula la prensa tradicional y oficialista de este país. Es que cada vez son más los integrantes  de estas instituciones y autoridades que matan por la espalda, que golpean y disparan, que violan y asesinan. Yo no sé ustedes, pero a mí no me pueden vender la idea de una policía intachable, cada vez que veo en las noticias como más y más agentes están involucrados en todo tipo de delitos: extorciones, abuso policial, asesinatos, negligencia y demás, desdibujando el trabajo honorable de quienes, como el agente Zúñiga, se entienden como elementos de protección de la vida civil.

Ahora, hasta aquí solo hemos mencionado el caso de Javier en una primera instancia. Porque luego de esta situación tan indignante, la gente, hastiada hasta decir no más de este contexto tan complejo que estamos atravesando (mediado por la pandemia, el desempleo, las masacres, y el descaro del gobierno tan prepotente que nos precede), sale a marchar en protesta de una muerte que, fueran cuales fuesen las circunstancias; en definitiva NO debió ocurrir.  ¿El saldo de la protesta? 7 muertos y varios heridos la primera noche. Los muertos todos civiles, disparados con armas de fuego; lo que me hace suponer que estos estaban desarmados cuando se presentó el choque con la policía y el ESMAD.

Sobre esta situación, he visto toda clase de comentarios. Unos a favor y otros en contra, pero trataré de exponer un punto de vista coherente con mi criterio, basándome lo más estrictamente posible a un análisis muy puntual del contexto. Para esto, haré dos acotaciones muy básicas. La primera es que, en derecho existe un concepto jurídico conocido como “Principio de la proporcionalidad en la legítima defensa”, el cual establece que, por ejemplo, si alguien me ataca con una pistola, yo podría defenderme usando una pistola igual. Si la persona me ataca con una navaja o cuchillo y mi respuesta es dispararle, existe una desproporción en mi defensa, por cuanto el arma de fuego es más letal, más rápida y contundente que el objeto corto punzante, y que además puedo dirigirla desde una distancia segura al poder disparar desde unos cuantos metros, no así el cuchillo que requiere más acercamiento para que logre hacer daño.

Este ejemplo lo traigo a colación porque muchos son los comentarios que he visto justificando el accionar de la policía o de la autoridad, armada hasta los dientes, con la tutela legal sobre las armas y toda posición de poder, sobre la masa civil desarmada en medio de una protesta.

Sí, se quemaron varios CAIs. Sí, hubo piedras lanzadas por los manifestantes. Sí, hubo una reacción violenta. Pero si somos conscientes de quienes fueron las víctimas de la cuestión, es evidentemente claro que el abuso policial se extrapoló hacia la manifestación, en un claro ejemplo de desproporcionalidad; si lo consideráramos como “legítima defensa”, en un contexto desigual, mediado por una ira y odio creciente de parte y parte.

Lo de los CAIs quemados es la expresión de una sociedad cansada y arrastrada por una espiral de violencia que poco parece importarle al gobierno, que trata las masacres como “homicidios colectivos”, que se hartó de ver como nuestros gobernantes se burlaban de nuestras manifestaciones pacíficas, hechas con arte y amor, poniendo la vida sobre toda consigna, las cuales fueron ignoradas en la pantomima que supuso la mesa de diálogo nacional, donde ninguno de los sectores que se manifestó contra “el mal gobierno” fue invitado a interlocutar con éste y donde no se tuvieron en cuenta sus justas reclamaciones.

Burlas y más burlas suponen cada una de las acciones del gobierno frente a la compleja realidad nacional que ebulle en un caldo de cultivo a punto de reventar en el malestar social que se traduce en la violencia e indiferencia manifiesta de cada una de las instancias de la autoridad nacional. Lo de Javier ha sido una especie de chispa que tiene el potencial de incendiarlo todo…

Lo segundo es que es apenas obvio que la violencia en sí misma engendra más violencia, en una espiral de odio que crece como una bola de nieve cuesta abajo en una montaña. La cuestión de fondo es que, tan bien se le ha dado al poder lograr dividirnos a nosotros hacia abajo, tirando hacia la derecha o hacia la izquierda, que no logramos dimensionar el problema real.

En un contexto de naciente posguerra, la corrupción hacía un ruido demasiado estridente, que nuestra clase política se esforzaba en tapar de la manera más descarada. El discurso político de nuestros dirigentes es la muerte, sembrándonos terror para vendernos un ideal de falsa seguridad y ganar en las urnas. Para que el colombiano promedio salga a votar “verraco”. Es por eso que hay quienes aún defienden el espejismo de la “seguridad democrática” porque se nos inculcó demasiado bien la idea de arrancar la diferencia a través de las balas. Por eso es que existen los que repetían como loros eso de “la paz si, pero no así” y rechazaron la oportunidad histórica de recorrer un camino de paz aun en medio de las dificultades.

Es así como nos encontramos con aquel nivel de incoherencia, al decir que entonces quemar un CAI es violento, cuando muchos salieron a votar NO a la paz, esgrimiendo la filosofía de la “masacre con sentido social” de su mesías salvador, para quien “plomo es lo que viene y plomo es lo que hay”. En este contexto de desprecio por la vida, tenemos unas fuerzas armadas y de policía que poco saben de derechos humanos y que se permite a sí misma rebajarse los criterios para dar de baja al que consideren contrario con tal de alimentar su cifra de resultados. Recuerden que así funcionaban los falsos positivos, y fueron unos 10 mil

Es increíble que en medio de un sistema político corrupto, agarrado hasta los dientes de lo que Francia Márquez llama “la política de la muerte” a las personas les parezca más vandalismo quemar un CAI, que la raponería de estos dirigentes que nos gastamos, que aun en el contexto de la pandemia, siguen buscando las formas de llenarse los bolsillos a costa de nuestras propias vidas. Eso, insisto, sí que es vandalismo del más alto nivel, premiando la incompetencia de algunos por sobre la indignación de todos, dándole el manejo de las arcas del estado a quien se robó las esperanzas de agua de muchos pueblos con sus bonos, y eximiendo de su responsabilidad penal a quienes por mucho tiempo han tirado de los hilos del poder para quedar en impunidad.

El país no se entiende en paz porque siempre ha vivido en guerra para el beneficio de unos pocos. Porque para ellos es más fácil atornillarse en el poder que les proporciona las llamas donde se consumen las vidas y esperanzas de aquellos a quienes dicen representar. Porque el odio siempre será más atractivo que el amor. Y porque somos demasiado fáciles de engañar. Mi pregunta es, ¿Hasta cuándo?

Por favor, no más…