Ayer me vi “The social dilemma” en Netflix y más allá de recomendarles el documental, (muy necesario por lo demás para entender el impacto de las redes sociales e internet en nuestras vidas), quise traerles varias reflexiones que he venido rumiando desde hace varios días, cuando dejé de escribir…

El viernes, Juliana Giraldo, fue impactada por un tiro de fusil y muerta en un retén del ejército colombiano en  carreteras del Cauca. El video de su esposo pidiendo ayuda es desgarrador, al punto de sacar lágrimas y su petición de viralizarlo en redes, es el clamor de alguien que entiende el poder de internet para que su caso no pasara desapercibido.

Viendo la situación, y cuando empezaron a masificarse las noticias y los comentarios sobre el hecho, me puse a pensar porqué era tan difícil que como sociedad, nos pusiéramos de acuerdo en algo tan simple como no matarnos y tratar de vivir en paz.

El país y el mundo atraviesan una ola de polarización y odio deshumanizante de escalas sin precedentes, y la tecnología que usamos a diario parece ser aquella chispa que lo encendió todo.

Sobre Juliana he visto toda cantidad de comentarios, desde los incrédulos que dicen que la situación es un Fake, hasta todo aquel que se ha solidarizado con la víctima.

Su nombre era Juliana. No murió, la mataron. No era un travesti ni un hombre pretendiendo ser mujer. Ella ERA una MUJER.

La cuestión que quería escribir el día de hoy tiene que ver un poco más sobre cómo desde el poder, han logrado dividirnos hacia abajo.  No sé cómo esté la situación en el resto del mundo, pero en Colombia la gente empieza a amontonarse por “bandos” en redes sociales: si no eres de derecha, eres de izquierda. Si no eres oficialista del gobierno, eres guerrillero o terrorista. Si no eres bueno, eres malo. No hay más, no hay matices. Y como siempre, gente sufriendo y muriendo por su ideal de lograr paz en los territorios, por lograr mejores condiciones para todos, por luchar contra la corrupción que se lleva nuestras vidas de a poco, por ser escuchados y escuchadas desde las esferas de poder para llegar al acuerdo de ser libres, y de no derramar más sangre sobre este suelo que vomita cadáveres, muchos de ellos sin identificar.

Y tal vez, ustedes dirán, ¿Pero qué tiene que ver esto con el caso de Juliana, las redes sociales y lo demás de lo que hablas aquí? Pues la respuesta es muy simple… es que todo está conectado. Nuestras vidas, formas de ver el mundo, el pensamiento que hemos creado de las realidades sociales y los prejuicios que nos llenan de odio hacia los demás, están siendo controlados por lo que consumimos en internet y redes sociales.

Las búsquedas de información que hacemos y los resultados que obtenemos están mediados por la lógica del algoritmo que regulan los accesos a internet, y éste a su vez, está conectado con toda la data que le proporcionamos al teléfono y demás dispositivos desde donde nos conectamos: nuestra ubicación en tiempo real, fotografías en redes sociales, gustos e intereses. Es así como creamos un sesgo cognitivo sobre nuestra realidad en internet, creyendo que tenemos la razón y que somos dueños de la verdad única del mundo porque desde las corporaciones que dirigen esto, se nos crea toda una red de contactos, páginas de contenido y noticias (que muchas veces suelen ser falsas) que comparten intereses similares a los nuestros. Vivimos en una burbuja que nos resta en empatía y nos suma en violencia hacia los demás.

En The Social Dilemma, se exponen las causas más comunes sobre los problemas sociales derivados del uso indiscriminado de redes sociales y cómo esto afecta las relaciones interpersonales en el plano de lo individual hasta lo masivo.

La cuestión de fondo, es que este tipo de herramientas negativas de internet y redes sociales son utilizadas desde las esferas de poder  para, como en el caso nuestro; dividirnos hacia abajo de manera permanente, abriendo heridas del pasado, recriminando entre nosotros lo malo del país, creándonos más prejuicios hacia las diversidades basados en dogmas fundamentalistas, y en últimas, distrayéndonos de lo más importante: llegar a la voluntad colectiva que se requiere para ponernos de acuerdo en cosas tan básicas pero de suma importancia como el respeto por la vida y la dignidad humana de nuestros prójimos y prójimas…

Yo no me asusto, porque creo que la misma humanidad tiene en sus manos el poder de deshacer todo esto y encaminarse hacia la consecución de objetivos altruistas que nos permitan avanzar en la solidaridad y respeto entre los pueblos. Creo también que es el momento de potenciar todo lo positivo que estamos haciendo: educando en la diferencia, aprendiendo, creando espacios de diálogo y contenido propio que hagan contrapeso a las estructuras tradicionales que manejan el imperio de la información.

Creo también en el poder de la voluntad humana para hacer las cosas bien, para no dejarse envenenar por el odio, el miedo y la frustración. Es esta voluntad, la que nos refuerza los ánimos, la que nos conmina a encontrar soluciones y a ponerlas en marcha... si no es así, nos dirigimos al inevitable destino de matarnos entre nosotros.

En estos tiempos tan difíciles amar y vivir sin miedo y con valentía, son pequeños actos revolucionarios que al final le darán ventaja a quienes decidan usarlos como armas para combatir lo irrefrenable. Y serán también los parámetros que marcarán la diferencia entre quienes logren seguir evolucionando, yendo hacia adelante y quienes decidan quedarse atrás.

Es nuestra decisión. Todavía podemos sentarnos y hablar. Es posible…

Pd: Sobre los muertos que ha habido en las últimas masacres y casos de abuso policial en Colombia, solo quiero dejar por sentado una reflexión final. En este país parece que la frase “Buenos muertos” ha echado raíces en el corazón de muchos. Cuando se leen los comentarios en las publicaciones de este tipo, no falta el que trata de vándalo, drogadicto, terrorista, guerrillero, maltratador, en fin, mala persona a quien muere de manera atroz, como si estos apelativos justificaran sus muertes. Y no, nada justifica que te degüellen como los cinco niños en Cali, o que te maten a patadas y a taser como Javier en Bogotá, o que den un disparo de fusil por ser una mujer trans como a Juliana en el Cauca, a quien además revictimizaron restándole su identidad y tratándola de travesti mal vestido. Revisen su odio, es este el que mancha más nuestra tierra de sangre. No podemos seguir así. ¡NO MÁS!